¿Esfuerzo o inteligencia innata?

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“Dame una centena de niños sanos, bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger —médico, abogado, artista, hombre de negocios e incluso mendigo o ladrón— prescindiendo de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados.” John B. Watson 

Esta polémica afirmación pronunciada por Watson, uno de los psicólogos precursores de la corriente conductista, no buscaba más que poner en relieve una de las principales bases de esta corriente: La educación y la influencia del ambiente son la base del éxito y el  futuro de un individuo. Aunque sus palabras fueron a menudo malinterpretadas, eran sin embargo una manifestación contra las ideas innatistas que habían predominado durante siglos y que sentenciaban al ser humano a unas circunstancias concretas de por vida, derivadas de las características sociales/religiosas/raciales de su nacimiento.

Sin embargo, incluso hoy en día en muchos contextos educativos, se sigue concibiendo el fracaso o el éxito en los resultados de un estudiante como consecuencia de sus talentos “innatos” y como modo de segregación entre unos y otros, sin priorizar la influencia ambiental como factor clave para que la persona desarrolle nuevas estrategias que le dirijan al éxito.

Carol Dweck era una estudiante de Yale que se sentía fascinada por una cuestión: ¿por qué algunos niños suelen abandonar ante la adversidad mientras que otros luchan con más fuerza hasta conseguir sus objetivos? 

Existe un fenómeno llamado indefensión aprendida según el cual cuando una persona ha experimentado una situación adversa ante la que comprueba que haga lo que haga no puede evitar una consecuencia negativa, esta persona tenderá a reaccionar con pasividad mostrando total indefensión ante otras situaciones complicadas.

Exactamente este fenómeno es el que Dweck percibió en los casos más negativos: cuando un niño tiende a justificar un fracaso a su falta de aptitudes innatas, tira pronto la toalla, mientras que si el niño acusa este fracaso a una falta de esfuerzo, seguirá intentándolo hasta conseguir el éxito en la tarea.

Dweck decidió basar su tesis doctoral en esta idea y llegó a la evidencia de que aquellos niños a los que se les educaba para atribuir el fracaso a la falta de perseverancia y no a sus capacidades innatas conseguían más éxito en aquello que se propusieran. A la actitud de estos niños decidió catalogarla como de “mentalidad en crecimiento” mientras que los que se mostraban indefensos los categorizó como de “mentalidad fija”, conceptos en los que basaría su carrera posterior y que la llevaron a desarrollar la teoría de las metas de logro, un popular referente en el campo educativo.

Dweck defiende que enseñar a los niños desde pequeños la idea de que su éxito no se basa en características innatas, sino en la perseverancia, los convierte en personas motivadas que aumentan su capacidad de esfuerzo y calidad de vida y para ello ha creado técnicas y estrategias junto con sus colaboradores y educadores. 

Sin embargo, también ha tenido sus detractores a lo largo de los años. Por ejemplo, Alfie Kohn, un autor y profesor sobre educación y comportamiento, que concibe las propuestas de Dweck como una “palmadita en la espalda” al estudiante, quien traduce este mensaje en un signo de su propia falta de inteligencia.

A tenor de las críticas, la investigadora ha explicado hasta qué punto se ha malinterpretado su mensaje editando recientemente el libro “Mindset: The New Psychology of Success” en el que explica detalladamente lo que es “la falsa mentalidad en crecimiento” y cuál ha sido el problema en su interpretación a lo largo de los años: No se trata de que el educador les diga a los alumnos que deben intentarlo con perseverancia o aplaudir a un niño por haber hecho un examen aunque haya suspendido, sin darle importancia al resultado.

Dweck explica que es un malentendido creer que tan sólo con adular al esfuerzo es suficiente. No basta con decir “¡Bien, lo has intentado mucho!”, ya que si no ha habido resultado, los estudiantes perciben estas palabras como un premio de consolación. Se trata de reforzar el esfuerzo que ha llevado al resultado o al progreso en el aprendizaje: en definitiva, reforzar la estrategia.

Los estudiantes necesitan saber que si están estancados, no basta solo con perseverar, no deben doblar el esfuerzo con estrategias inefectivas, sino que hay que apoyar al estudiante para encontrar nuevos caminos que lleven al éxito.

Dweck explica que aunque muchos padres y educadores han logrado implantar esta teoría con éxito, otros no reconocen que son ellos los que aún están influenciados por esta idea de “mentalidad fija” y que cuando el niño falla, es a este al que achacan esta condición, cuando por el contrario deben crear el contexto adecuado para que los estudiantes lo interioricen realmente y lo pongan en práctica.

Focalizar en el proceso de aprendizaje y mostrar como el trabajo duro, las buenas estrategias y el buen uso de los recursos llevan al mejor aprendizaje

Las palabras de Carol Dweck son muy populares actualmente, aunque las bases ya han sido repetidas una y otra vez por la psicología basada en la conducta. Gracias a numerosos estudios hemos comprobado como, por ejemplo, el Cociente Intelectual, a pesar de estar en parte influenciado por la genética, va cambiando a lo largo de la vida de un individuo en relación a su modo de vida e influencias contextuales, desmitificando la idea de Inteligencia como algo inamovible y determinante en la vida de un ser humano.

Centrándonos en estas evidencias como padres, educadores y personas influyentes en la vida de los más jóvenes, podemos transmitir de generación en generación la idea de  que el aprendizaje y el desarrollo se consiguen asumiendo el valor del esfuerzo, así como las consecuencias positivas que esto puede traerles para afrontar el resto de sus vidas.

 

 

 

 

 

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