La igualdad de género comienza con la educación

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“Sentados en la misma clase, leyendo el mismo libro de texto, escuchando al mismo profesor, las niñas y los niños sin embargo, reciben una educación muy diferente“ Sadker, 1994

Desafortunadamente, la desigualdad de género en la sociedad española contemporánea se sigue mostrando cada día: continúa la lacra de la violencia machista, la brecha de género educativa y salarial no se ha reducido en diez años, el paro sigue siendo mayor entre mujeres, mientras que, entre muchas otras circunstancias, la mayoría de las tareas del hogar las continúan realizando ellas.

Estos desalentadores datos institucionales no son más que la punta de un iceberg en cuya base se encuentra una educación sesgada en la que se continúan reforzando comportamientos dañinos en el día a día por razón de género. Sus consecuencias pueden observarse en comportamientos cotidianos que empiezan a tener una denominación clara como los micromachismos“una práctica de violencia en la vida cotidiana que sería tan sutil que pasaría desapercibida, pero que reflejaría y perpetuaría las actitudes machistas y la desigualdad de las mujeres respecto a los varones” Luis Monino Méndeza.

Por poner un ejemplo entre muchos, las mujeres normalmente siguen siendo juzgadas de forma discriminativa en muchos roles que desempeñan a lo largo de sus vidas: por sus papeles de madres, solteras, casadas, empleadas, así como por su aspecto, liderazgo y cualquier otra faceta en la cual los varones no suelen ser juzgados en tal medida.

Estos comportamientos que se mantienen en comunidades en las que existe discriminación por razones de nacimiento están, como todos, influenciados por el contextoLa teoría social de Bandura afirma que “el comportamiento se aprende del medio ambiente a través del proceso de aprendizaje por observación” y muestra cómo los niños son más propensos a copiar modelos del mismo sexo que probablemente afectan a su desarrollo de género. Desde pequeños imitan comportamientos que observan en modelos similares a ellos y los estereotipos van transmitiéndose de generación en generación. Los niños aprenden los prejuicios y practican la discriminación observando una sociedad en la que existen esos prejuicios.

La mayoría de los bebés pueden distinguir entre caras masculinas y femeninas, pero son los adultos los que les advierten de que el género importa con menciones constantes en forma de etiquetas. Una vez el niño presta atención a estos conceptos, adopta conclusiones rígidas y en blanco y negro sobre su significado, ya que así es como empieza a funcionar su razonamiento: “las mujeres cocinan y son profesoras”, “los hombres son bomberos y juegan al fútbol”, pero nunca al revés.También pueden observar, por ejemplo, como los puestos de poder los suelen llevar a cabo hombres y concluyen creyendo que son sólo ellos los que pueden ejercer estos roles. 

Además, los niños y niñas desde muy temprana edad son reforzados cuando llevan a cabo las conductas esperadas según su sexo, así como castigados cuando sus comportamientos no se corresponden con lo que se espera de ellos. En cuestiones de educación, por ejemplo, los padres y profesores suelen adular al niño por su inteligencia y a la niña por su sensibilidad y belleza y animan más al primero a formarse en profesiones científicas. A pesar de que las notas escolares son prácticamente iguales durante los primeros años y de que se ha desmitificado la idea de que las mujeres rinden menos en asignaturas científicas por cuestiones biológicas, al llegar a la adolescencia, las chicas suelen sentirse más ansiosas e inseguras ante estas materias, mientras que los chicos siguen estando motivados, despuntan en las mismas y terminan siendo el mayor porcentaje de estudiantes que se decantan por estas carreras con tanto futuro

Es alrededor de los 8 años cuando empezamos a tener mayor flexibilidad cognitiva, pero cuando también se desarrollan los conceptos morales que pueden contribuir a afianzar más estos estereotipos. Cuanto más arraigados se vuelven, más fácilmente se concluye con la idea de que las niñas son inferiores a los niños y de que los niños tienen un estatus más alto porque biológicamente lo merecen, creecencia más prevalente entre ellos y que continua durante la adolescencia y el resto de sus vidas si no hay un cambio educativo o contextual que frene este ciclo.

Se necesita una aldea entera para educar a un niño y la base de esta batalla diaria contra las libertades y oportunidades por razones de sexo, se encuentra en lo que transmitimos a nuestra descendencia.

Hablar, explicar y razonar a través del lenguaje y el ejemplo práctico con los más pequeños para que no solo no caigan en el continuo ciclo social del comportamiento sexista, sino para que además tengan las armas intelectuales necesarias para luchar contra él en el futuro.

Es difícil, sin embargo, cuando los grandes líderes y medios de comunicación siguen reforzando estereotipos y opiniones que contribuyen a perpetuar estos comportamientos, pero gracias a las redes sociales en las que muchas personas y medios concienciados empiezan a movilizarse, parece que se está experimentando un despertar igualitario que contribuye a conseguir estos objetivos. La concienciación y la difusión por parte de aquellos que tienen la popularidad o el poder social necesario para ser escuchados e imitados es de gran importancia para que las sociedades reaccionen y evolucionen hacia un sistema más justo y necesario.

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Soy psicóloga y una apasionada de la investigación. Me encanta indagar y curiosear en todos aquellos aspectos en los que la psicología puede aportar nuevas perspectivas. Desde la educación hasta el arte, creo que la ciencia del comportamiento humano puede descifrar montones de claves que merece la pena descubrir.¿Mis otras pasiones? Obsesión por la música, dibujar sin parar y ¡mucho cine!
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